Capítulo IX: Historia del hombre que lee y plagia
Mientras redacto la novela busco remedio para tantas cosas que a veces me sorprendo a mí mismo. Nadie puede asegurar que la novela sea la panacea. Leer a otros puede parecer absurdo para los que no hallan más placer que aquél que ofrecen el comer, el beber y el fornicar. Pero leerse a uno mismo es como una conjetura, como uno de esos etcéteras que tú no sabes a qué sabiduría oculta o a qué oculta enumeración te están invitando. Leyéndose el lector encuentra sus propios olvidos tirados por todos los rincones del texto, su memoria perdida dentro de un cerebro que amenaza romperse como una nube cargada de agua en una tarde de verano. Es como toparse con los aguijones que lastiman un cerebro y recordar solamente un nombre y decirlo y balbucearlo ante dos o tres desconocidos para que ellos inquieran a su vez ¿por quién procuras?
Entonces ¿qué es leer lo que uno mismo escribe, en voz alta, a un tercero? Un ejercicio de la suprema vanidad, tal vez. Pero la vanidad nunca vive lejos de un escritor. Anida en su vecindario como si el ejecutar esta tarea fuese fuente de magias perpetuas o de particulares muertes del remordimiento. Por estos días he vuelto a leerme y me parece todo tan caduco e inútil. En verdad no podría contarte, querida, nada de lo que he escrito. Ahora, lo que escribimos es incontable, es como una vieja ruina que tú solo te puedes imaginar como fue destruido. Es una casa vieja en ruinas. Esa que te sirvió de apoyo y, un buen día, llegas y la encuentras demolida.
Leer es tarea de arqueólogos, de magos o de pitonisas, querida. Entonces léeme porque esa es una de tus tareas como yo he tratado de leerte a ti desde que casi me lo rogaste en tu inmensa casa de muñecas. Tú te aprendes la profecía del libro y caminas, trashumante y ciego por los senderos que otros anduvieron y nada te garantiza que el libro no se levante contra ti en alguna ocasión para acusarte. Y es que nada te pertenece en este mundo de la velocidad y la desidia amarga. La amargura es lo único original porque siempre sabrás que es verdaderamente tuya y que nadie podrá sentirla como la sientes tú en tus entrañas, en tus adentros. ¿Por qué no caminas sobre las lápidas de mis páginas recién abiertas hasta memorizarte todos mis detalles? Yo quiero que tú me enseñes a olvidar mis amarguras con la magia nítida de tu cuerpo abierto para mi. Oye, oye lo que te voy a contar, querida.
Una tarde, cuando todo esto haya terminado, leyendo los pasos de las aves en la arena hallarás un cuento clavado en el pico de las aves marinas y se te hará difícil recogerlo con tus manos de carpintero porque se te escapará como los granos de arena entre los dedos de las patas de las aves. Fustigarás el papel como a una causa enemiga para obtener esa historia y te confundirás y te dolerán las manos porque, mientras más énfasis quieras poner en el relato, más fuerza harás sobre el papel hasta inutilizarle la otra carilla. Y volverás a la tradición del olvido que es donde mejor te ovillas desde que saliste de la cárcel de la razón.
Y recordarás todos los estados del alma y nadie te podrá decir embustera ni plagiaria. Ni siquiera podrán redactar los motivos que te motivaron, ni las causas que te causaron:
ØO las carroñas de Baudelaire
Ølas locuras cristalinas de Tomás Rodaja
Øel albatros desterrado en cubierta
Ølos cariños metálicos de Alonso Quijano
Øun Prometeo atado a las rocas de su Cáucaso
ØSísifo cargando una inmensa roca por toda la eternidad
ØIxión atado a la rueda forzándola por siempre en su Tártaro
Øyo mirando mi imagen al espejo
Te seguirás hallando en los papeles y los pensamientos de otro, hasta el cansancio y no sabrás, a menos que anotes las fechas y las horas, cuando leíste ese manojo de papeles, ni como se te fueron clavando las ideas furtivas de los otros hasta decirse libremente las unas a las otras sin que pudieses controlarlas. Volverás a pensar en los pasos de las aves sobre las arenas, Crashboat, Combate, Rosada, no importa. Volverás a ver tu relato diluirse al empuje de las olas con la serenidad de un santo imaginado y nunca visto. Volverás a mentir una historia y a sostener que es tuya solamente y que nadie, nadie puede reclamarla con sus pretextos. Yo estaré en lo alto de una colina observándote solo, porque yo también estaré solo, pero tú no me verás porque yo seré invisible. No sabes lo que duele imaginar que no me recordarás en algún momento de tu vida. Te lo dije en un relato de las ruinas y te lo reiteré cuando me atreví a decirte te amo delante de los enemigos. Yo estaba en el estado trece de los del alma que era el valor, pero tú caminabas del doce, que es el miedo, al quince que es la confusión. Yo hubiese querido invitarte a mi estado, pero ambos estábamos perplejos de libros y de secretos. El secreto es el sexto de los estados del alma y deambula entre el recuerdo y el sueño. Yo le temía a tus recuerdos y a tus sueños porque después me enteré que habías soñado que yo moría. ¿Tú entiendes, acaso, mi lenguaje querida como entiendes mis estados del alma? Entonces ámame e imagíname para que yo también pueda amarte e imaginarte del modo en que tú lo has inventado. Porque después de todos ¿quiénes somos tú y yo sino dos personas que han renunciado y renuncian a la renuncia? Tal vez, fíjate, ese sea el estado dieciséis de todas las almas, el indefinido, el inalcanzable. Enséñame a reír contigo la risa que tú ríes. Préstamela en las tardes en que tú no estás para amarte y amarte. Pero no me pidas que diga tu nombre de pétalo y roca porque no quiero lastimarte de ausencias.
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Ahora escucha esto que voy a contarte. El problema, me parece es que tantas cosas se han dicho que tú nunca sabrás nada nuevo ni escribirás nada nuevo. Fíjate, querida, que leyendo la reseña que un amigo escribió en torno al libro de otro amigo común, he creído que se trata de una reseña sobre un libro mío, muy mío y escrito y sentido y pensado por mí que aún no he escrito. He sentido la angustia de ver como me roban mi libro, mi libro soñado, el libro que yo quise haber escrito y que casi pensé de ese modo y, para mi dolor, verlo crecer de la pluma encastada de otro. Por eso no se pueden contar los libros que lees o los que escribes, que es peor.
Mira, tú amas una mujer y le moldeas y ella te moldea el cuerpo con las manos; y amas otra y esa también te ama y otra hasta contar doce; doce veces amado y llegas a la conclusión de que todas las formas de amar para siempre más que a nadie en el mundo son semejantes. Ni siquiera se superan las formas de amar. Y te pasa como a esos personajes de la vida real que se olvidan de a quién están amando en ese momento en que aman. Por eso cierran los ojos y piensan antes de llamarla por su nombre. Es que les da lo mismo estar amando a la primera o a la sexta o a la undécima. La duodécima es el miedo de amar otra vez de verdad y perder la partida porque todas son iguales incluso tú, querida tan fugitiva. Si abrieran los ojos en el momento del amor se les confundirían los rostros y los nombres y podrían pasar un mal momento. Esas personas de las doce amantes no pueden contar la historia de sus amos, no pueden hablar del amor.
¿Y aquéllas con las que nunca se hizo el amor? ¿Qué se puede cantar de los platonismos? Nada coincide. La matemática de los estados del alma, la sinopsis del corazón, la antología de la soledad, todo es inútil; nada te dice nada. Ni siquiera el orden alfabético te dice a quién amaste más. No lo puedes contar todo es un intento fallido. Yo pienso, querida, que todo se parece. Por eso no me sorprende haberme plagiado a la vida mientras redacto estas páginas atormentadas. La aventura de escribir es peor que la aventura de leer. Y fíjate que peor y mejor son categorías que no existen para los poetas porque una cosa puede ser la otra y viceversa. Toda escritura es un plagio y todo amor también lo es. Es como si siempre estuvieses condenado a la misma tormenta, al mismo muelle o a la misma lluvia que trae recuerdos. Yo me ovillo en mi mismo, querida, como una oruga, como un caracol y pienso en los recuerdos y no sé si son míos o si son de otros. Es, vuelvo a pensar, que esto es como un retorno de lo vivo lejano, como si te levantaras una mañana y leyeses tu propio obituario. O como si después de escribir tu libro o tu novela vieses que otro la ha hecho tan bien o mejor que tú. O como si alguien sintiese tu mismo dolor por las mismas causas y tú no pudieses, por la costumbre, salir de tu prisión para decirle maldito, por qué naciste dentro de tus circunstancias personales y no en otra vieja colonia para que no pudieses ser escritor.
Ahora recordarás cuando te invitaron a plagiar sumariamente la vida de cualquier poeta, el mejor, el más dramático, el más estúpidamente dramático. Y recordarás también tu ansiedad por ser más bien un personaje que una persona y que alguien mayor que tú te estuviese recogiendo de las patas de las aves marinas. Yo sé y tú también, querida, que Dios no tiene tiempo para acercarse a las ruinas que se dicen mi casa. Pero yo sé que, atrapado en mis ruinas, vive el relato del tamarindo grande de casa, de las ruedas que hacia el abuelo después de muerto y de las que hizo después de vivo, y del gallo blanco con sus gracias curtías, y de Monchín atrapado entre tantos murmullos y recuerdos y de todos los locos que pasaron por el camino quebrantado de hoyos y olvidos.
Y todo volverá a ser un extraño rompecabezas, un crucigrama de olvido, un acertijo de besos, una factura que te envía la nada para que le pagues la vieja deuda de todo lo que te he dado, la hipoteca de los recuerdos ajenos, de los que hemos tomado al azar sin saber que alguien los estaba pensando contigo como una historia que cuentan tres hombres en corro en una taberna mítica y todos parecen contra tres historias distintas en tres tabernas distantes sin serlo. Porque lo peor de todo es que te agotas y no puedes recoger el relato de las patas de las aves marineras y vuelves sobre ti para mirarte. Ahora que el texto está lejos y tú ni lo miras, la sobriedad es un aliado que te toma de la mano mientras tú sueñas. Todo el arte de escribir es un error, te dices. Ahora puedo decirme con toda calma que sí, que esta es la mejor manera de joderse. Colgando la pluma nada consigues. El callejón sin salida de la cordura está cada día más remoto. Es posible que hasta esta vida, no, rectifico: es evidente que toda vida es un plagio. Yo he vivido porciones del alma de Vercingetorix y César, de Julianillo Hernández y Felipe II, como viví la del espíritu Gossi y Analia Du Bari. Pero eso no es una proeza, es un fastidio. El problema es cómo responder a la sorpresa de hallar tu propia muerte, o tu propia novela o tu texto redactado por otro sin que te digan plagiario. Por eso no me sentaron a la mesa los comensales del cuarto oscuro.
Si hubiese un estado treinta y cuatro, que yo sé que no existe, me temo que sería ese torbellino que he llamado locura. Hablar con los pájaros, saber que te han robado la vida y sonreír, buscar la piedra y escribir, escribir, escribir. Llorar durante las noches y escribir. Mirar la hora y pensar en cada pieza que te compone y escribir. Amar en orden alfabético y escribir, querida, escribirte en secreto. Nada más.