Sobre Historias marginales: otros rostros de Jano

 

Mario R. Cancel

 

            La articulación de la historicidad de los espacios sociales de los márgenes ha sido una de los logros más sobrecogedores de la historiografía puertorriqueña desde 1970 a esta parte. Había algo del espíritu del 1968 moldeando aquella actitud. La experiencia fue por demás enriquecedora y misteriosa. Cuando los historiadores de la escuela socioeconómica, armados con una refinada metodología, arribaron a las fronteras del submundo obrero, el cosmos femenino y el de la racialidad en Puerto Rico se llegaba a un linde ansiado hacía tiempo.

            Algo del aristocratismo de la historiografía tradicional murió en aquel proceso. El yo fue sustituido por un genérico nosotros, y el protagonismo de los procesos emigró del héroe a unos sectores distintivos de las masas. En el fondo se trataba de una revisión de los actantes históricos y su papel que puso la historiografía puertorriqueña a la altura del espíritu anticolonialista de aquel momento.

Desde la literatura narrativa se desarrolló una revolución análoga y de nuevo los discursos literarios y los históricos (dos tradiciones narrativas de enorme poder que intentaban caminar por carriles paralelos) emitían en dueto una serie de propuestas transgresoras.

Una de las consecuencias más sugerentes de aquel proceso fue el hallazgo de que no se había llegado al final del camino. No todos los lugares de la marginación habían sido hollados. Más allá de lo obrero, lo femenino y lo negro había otros seres humanos que habitaban al margen del margen y que compartían muchas de estas características. Se trataba de una suerte de hipermarginalidad que los disolvía al borde todos. Ejemplo de ellos era el lumpenato improductivo de la tradición marxista, los otros géneros más allá del edénico varón hembra, los desclasados que no animaban el proceso de producción. Aquel cúmulo de gentes aparecían apenas como una nota al calce de la historia social al uso.

En el imaginario literario pasaba algo equivalente. Una poderosa tradición canónica borraba las voces alternativas, secundarias o menores en el salvaje proceso de configuración de un canon que sostuviera las perspectivas progresistas uniformizadoras heredadas de la modernidad. En el territorio de las representaciones y las ideologías, la alternancia terminó limitada a aquellos discursos que traducían de una manera maniquea las disputas ideológicas que la metodología de la historia social veía. Católicos ante evangélicos, anxionistas ante independentistas, obreros ante burgueses no representaban todo el panorama de las contradicciones. La alteridad desde la alteridad quedaba virtualmente borrada.

Dicha actitud dejaba a los lectores una visión parcial de los pasados. La nueva historia social, aunque había revisado las percepciones tradicionales cerradas, caminaba hacia otra versión cerrada en vista de un proyecto de trasformación social que nunca se consumó. La revisión del lenguaje y la metodología de la historiografía desde 1980 a esta parte ha abierto la posibilidad de contestar aquella tradición.

La disolución de las fronteras de los saberes ha ofrecido una permeabilidad al discurso historiográfico que en la medida en que estimula la incertidumbre, explica el revisionismo extremo de los creadores recientes. La distancia entre la historia y la teoría, que era la misma que se presumía entre la historia y la historiografía por medio de los rangos de la objetividad y la subjetividad ha quedado abolida en la práctica.

El mismo hecho de la demolición de la muralla que se había construido para separar la cultura pura de la minorías de la inquietante cultura pop y de masas, adjudica una validez antes no soñada a la indagación de aspectos de la vida social y cultural que antes no admitían una historización profesional. Este libro se redacta desde el margen del margen.

Se trata de visitaciones descentradas a lugares claves del imaginario puertorriqueño entre 1880 y 1910. ¿Por qué Historias marginales: otros rostros de Jano?  ¿Por qué no otros rostros de Clío? Jano Bifronte, el hijo de Creusa, representa para algunos comentaristas la hipotética capacidad de “ver” hacia el pasado y el futuro, marca la posesión de la experiencia de la barbarie y la civilización. Ese ha sido el sueño miserable de los historiadores siempre: una imposibilidad. Jano representa en este caso la ficción del saber absoluto y autoritario

El volumen abre con una reflexión sobre la nueva y la novísima historia en el país, sus logros y sus proyecciones. El tránsito de la historiografía estructural a la postestructural en Puerto Rico ha estado lleno de escollos. Los programas universitarios de historia no han sido capaces de integrar de una manera madura y ágil las notables transiciones que el sistemático divorcio de la historia y las ciencias sociales implica. No se trata del fin de la interdisciplinariedad sino de una redefinición de sus parámetros específicos. En el proceso, aunque la relación de la disciplina histórica con la economía y la sociología se ralentiza, se reafirma su integración con la literatura, la lingüística, la filosofía y hasta con la psicología teórica.

El resto de las visitaciones miran a unos ensayistas de San Germán que desarrollaron una rancia cultura elitista a fines del siglo 19 que los distanció de los saberes consagrados. De lo alto de la pirámide social se traslada al mundo de las prostitutas que recibieron a los estadounidenses en Mayagüez durante la invasión de agosto de 1898. Ese ensayo nace como un homenaje a las putas que en la novela La llegada de José Luis González vieron burlada la primacía del cumplido a los invasores por las pulcras damas de la sociedad que no las toleraban.

También vuelve al 1898 para mirar como se construyó el poder americano sobre las cenizas calientes del poder español. En el proceso se revisan las interpretaciones que se urdieron hasta 1930 del hecho de la Carta Autonómica de 1897; y las percepciones que desarrollaron los literatos no consagrados por el canon literario de esa misma invasión en el contexto del ensueño de la modernidad que vendieron las tropas del General Nelson A. Miles. Por último se retorna a una de las fuentes de la resistencia independentista en Puerto Rico a principios del siglo, otro marginado del independentismo Rosendo Matienzo Cintrón, para interpretar su compromiso político a la luz de los fundamentos espiritistas y masónicos que le distinguieron.

El volumen cierra con la visita a dos lugares extremos en los cuáles se fijó un incómodo papel intermediario a Puerto Rico. Se trata del 1914 y la apertura del Canal de Panamá, y el 1960 en el momento de la radicalización de la conflictividad entre la tradición y el progresismo. La participación de un sector de las elites intelectuales en aquellas coyunturas fue esencial para los grandes intereses estadounidenses. Al final del camino son más las preguntas que las respuestas. Se trata de propuestas interpretativas, de discusiones conmigo mismo.

Quisiera agradecer a todos los que me prestaron su tiempo durante la configuración de estos ensayos. En primer lugar a las autoridades del Recinto Universitario de Mayagüez por haberme otorgado dos descargas para la investigación durante el primer y el segundo semestre del año académico 2004-2005, muy en especial a la Prof. María I. Barbot. A la Dra. Silvia Álvarez Curbelo por su lectura de los trabajos en torno al fenómeno del 1898 y el poder en Mayagüez cuya versión original se preparó para el volumen Los arcos de la memoria. Al Dr. Juan E. Hernández Cruz por estimularme a estudiar la tradición del pensamiento sangermeño y tolerar todas las heterodoxias que surgen de ese proceso.

A los estudiantes graduados Pedro García y Yesenia Ramos por sus lecturas de trabajo de las putas y su colaboración en la búsqueda de algunos testimonios de valor incalculable en torno a ese asunto. Al Prof. José Carlos Arroyo de la Universidad del Turabo por comprometerme a hablar sobre la historiografía contemporánea a todo un conjunto de historiadores de mi generación que sé dejarán un obra notable. Y al compañero de generación el dramaturgo y Prof. Roberto Ramos Perea por interesarme en el espiritismo como tema. Un agradecimiento especial a Maribel R. Ortiz, mi esposa, por su lectura y por leer sus primeros libros de historia conmigo.